SOLEDAD ZAPOTECA: DONDE NACE LA MAGIA DEL MEZCAL (Parte II)

Raúl Villaseñor

Toda idea que se precie de ser buena está destinada a instalarse en nuestra cabeza y no moverse de ahí, no importa lo que hagamos o lo mucho que pensemos en otras cuestiones. Hace seis años, el maestro Armando Martínez Ruiz tuvo una epifanía, producto de una plática con un amigo que le contó acerca del proceso de elaboración del mezcal. De este hecho, se dio cuenta que él tenía todo lo necesario para producirlo.

Un mezcal, una persona

Él nos comenta que inició esta empresa sin conocimientos, por lo que buscó a un maestro mezcalero. Pero pasar del punto “A” al punto “B” no fue rápido ni fácil: le tomó dos años aprender y comprender los procesos del mezcal, y llegar a saber el punto exacto de cocimiento de las piñas, la jima, la destilación, el sabor…

Si bien hay varios procesos de producción que se han tecnificado y son medibles, hay otros que requieren esa pizca de experiencia vivencial que el aspirante a maestro mezcalero tiene que experimentar por sí mismo, como una especie de voz interior, un estilo que lo diferencie del resto. De ahí que cada mezcal sea único, como la persona que lo elabora.

Maridaje con la naturaleza

La relación del maestro con los agaves es muy cercana; el tiempo requerido para cada planta es de años, lo que hace inevitable no establecer vínculos emocionales. La convivencia con ellas deviene en un cariño auténtico por el trabajo que implica su crecimiento y su cuidado.

Viendo hacia atrás, una de las partes más difíciles para él fue la espera a que las plantas crecieran; el mezcal espadín, el de uso más común, tarda seis años en madurar, pero hay otros que no están listos sino hasta los veinte años. Campesino de origen, don Armando hizo llevadera esta espera con la siembra y cosecha de otros cultivos, como el maíz. Lo difícil, dice, es empezar.

Un camino largo

Después de ese tiempo pudo producir su primer mezcal y posteriormente obtener la certificación ante el Consejo Regulador del Mezcal. Tener este requisito le permitió vender su producción a marcas más grandes, al mismo tiempo que perfeccionaba su arte.

Este esfuerzo del maestro rindió frutos y, como lo comentamos en la “Parte I” del artículo, hace dos años logró registrar su marca Soledad Zapoteca ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI); y, con ello, don Armando pudo tener su propia marca de mezcal.

Para él, estos seis años han sido de aprendizaje, prueba y error, pero también de mucho crecimiento. Su entusiasmo contagia, tanto que toda su familia está dentro de esta empresa, donde todos participan; su esposa, por ejemplo, se encarga del envasado y etiquetado, mientras que sus hijos y otros familiares se encargan de la siembra, la cosecha y hasta la contaduría.

Fuera de su familia, hay personas que se han involucrado activamente con su marca para darla a conocer en otros lugares, nos comenta que ya tiene conocidos en Chiapas, Jalisco y la Ciudad de México que la promocionan.

Una persona sencilla

Cuando le preguntamos cuál es el mezcal que más le gusta, él prefiere el tobalá, por su origen silvestre, o el tepextate -silvestre también-, por su sabor herbal. Además, señala cómo la longevidad del agave repercute en su sabor, aromático, que se distingue inmediatamente. Para don Armando, las más grandes satisfacciones han sido probar su propio mezcal, Mezcal Soledad Zapoteca, y verlo en su propia botella, su propia marca, el fruto de su esfuerzo coronado. Eso es lo mejor para él.

 

Imagen de portada: Carlos Bustamante

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