Cuando llega el momento de partir. Música y prácticas funerarias en Oaxaca

Por Teresa Cortés

“Nosotros podremos morir, pero al final nos queda la alegría de que 

Dios nunca muere y que, en algún momento, nos volveremos 

a reunir junto a Él”. Juan Efraín Hernández O.P.

 

Nos encontramos en la víspera del Día de Muertos, también conocido dentro del ámbito religioso como el Día de los Fieles Difuntos. El 2 de noviembre, como todos los años, celebraremos a quienes se nos han adelantado y en una ofrenda pondremos sus platillos favoritos para que, solo por esa noche, ellos puedan regresar a degustar aquello que tanto disfrutaron en vida. Pero, aun cuando suele ser una fiesta muy querida, los mexicanos celebramos a nuestros difuntos todos los días. Los recordamos cuando vemos alguna foto o escuchamos la misma música de la que ellos gustaban. 

Por otro lado, aquí en México, la diversidad de tradiciones es tan amplia que sería imposible englobarlas en una sola definición. La Fundación Guendabi’chi’ —cuyo nombre significa hermandad, en zapoteco istmeño—, misma a la que pertenece Quixe. Corazón de Cultura y Humanidades, tiene parte de su esencia en el colorido Oaxaca. Es por ello que hoy hablaremos de la música y las tradiciones de este estado, que se hacen presentes cuando una persona parte de este mundo. 

Este escrito es el resultado de una plática con Fr. Juan Efraín Hernández O.P., oriundo de la región de los Valles Centrales de Oaxaca[1], quien amablemente compartió conmigo los recuerdos de su tierra. Todas las citas textuales fueron extraídas de aquella conversación.   

Hemos de iniciar esta reseña con una idea fundamental: en Oaxaca la muerte se encuentra siempre presente. Es decir, sus habitantes son conscientes de que todos los seres humanos tendremos el mismo final, y mantienen la esperanza de que tarde o temprano se volverán a encontrar con quienes aman. La música los acompaña en todo momento, desde que el ser querido se encuentra en estado de agonía hasta que termina el novenario de rezos por su alma. 

Su familia se junta para acompañarlo en ese momento tan importante, al mismo tiempo que se prepara para la despedida. «Cuando ha llegado la hora, el agonizante, consciente de ello, pide que se le baje al suelo para que pueda morir en paz. Con el objetivo de regresar a la tierra, de donde ha venido». Es ahí donde comienzan los cantos, para pedir a Dios y a los santos que reciban su alma. Una canción tradicional es la Alabanza a san Jerónimo:

Señor san Jerónimo

de Dios fuiste enviado,

para librar a las almas

que están en pecado.

[Para ver la letra completa haga clic aquí]

Una vez que el ser querido ha entregado su alma, se tocan las campanas de la iglesia del pueblo, pues los vecinos saben que esa es la señal de que ha pasado a mejor vida. En ese instante salen al encuentro de la familia del difunto para consolarla y ayudarla a limpiar y cocinar, porque comienza un festejo que durará hasta que termine el novenario de rezos.

En Oaxaca, es inconcebible pasar un duelo sin la presencia de los seres queridos y la comunidad. Todos participan de la manera que pueden. Los compadres, con sumo respeto ayudan a la familia a vestir el cuerpo del difunto, incluso se le pide permiso al cuerpo inerte, se lo viste y envuelve con una sábana. Por lo general, las mujeres ayudan a hacer la comida. Otros vecinos cooperan con diversos ingredientes para prepararla. «Incluso los más jóvenes suben al cerro a recoger leña para que la familia tenga con qué preparar los alimentos que le ofrecerán a la gente por los próximos nueve días». 

Y después de que se ha preparado el cuerpo, es hora de llevarlo a su última morada, al panteón. Para ello se contrata una banda de viento, tradicional en Oaxaca, la cual entona canciones que al difunto le gustaban. La música que se toca es alegre, y para ese momento el dolor sigue presente, pero la familia goza con su comunidad por la vida de la persona que ya no está. 

Una vez en el panteón, siempre, el momento crucial, en el que se comienza a bajar el féretro hacia la sepultura, es acompañado por Dios nunca muere de Macedonio Alcalá. «Todas las bandas se la saben y saben que en ese momento la deben de tocar». Aunque la mayoría de las veces que la ejecutan lo hacen sólo de forma instrumental, su letra alude a la finitud de la vida:

Muere el sol en los montes

con la luz que agoniza,

pues la vida en su prisa

nos conduce a morir

[…] sé que después habré de gozar

la dicha y la paz que en Dios hallaré.

[Para ver la letra completa haga clic aquí]

Ese proceso  ha sido tan solo una parte de la despedida. Diariamente y por nueve días se celebra el rezo del rosario por el alma del difunto. Cada día se ofrece algo distinto de comer. Pero el festejo más grande sucede cuando se levanta la cruz, los compadres y los familiares cercanos son quienes se encargan de hacerlo. Ahí mismo hacen otra cruz para posteriormente llevarla al panteón.

Así es como se despide a un ser querido, en la región de los Valles Centrales de Oaxaca, entre júbilos, cantos y alegrías, porque saben que aquella persona que tanto quisieron ha nacido a una nueva vida, « […] al final nos queda la alegría de que Dios nunca muere y que, en algún momento, nos volveremos a reunir junto a Él».

*Agradezco sobremanera a Fr. Juan Efraín Hernández O.P. por compartir sus experiencias en las tradiciones de esta tierra tan maravillosa.

Fotografías: Carlos Bustamante


[1]Actualmente se conforma por ocho regiones: Cañada, Costa, Istmo, Papaloapan, Mixteca, Sierra Norte, Sierra Sur y Valles Centrales.

 

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.