El erotismo en el tianguis mexicano: la experiencia de un cubano

por Rubén Lombida

Arte del autor

¡Ya no mames chamaca,
y ya vente con esa papaya…!
Mira, ¡qué buena está esta moronga!

La anterior frase fue vociferada por un impaciente joven en un tianguis -mercado callejero- de una barriada mexicana. El muchacho, algo vulgar, se desesperaba porque su hermanita andaba haciendo piruetas con una papaya que acababan de comprar;  así la regañaba cuando, al pasar por un puesto de carnes, reparó en la calidad de un embutido a base de sangre de cerdo coagulada y cocida, llamado “moronga”. Si esta frase fuera escuchada por cualquier mexicano, en un día común de tianguis, pudiera no despertar ninguna suspicacia. Sin embargo, para un cubano, sobre todo recién llegado a este país, más que provocar sospecha, levantaría cierto calor mental, y hasta un genuino rubor.

Me explico. Cada cultura humana, en sus idiomas específicos, tiene vocablos muy particulares para referirse al erotismo en todas sus áreas. Muchos de estos términos se refieren a objetos, fenómenos, actos y acontecimientos de la vida cotidiana que, sin pertenecer al ámbito de lo íntimo, son resignificadas en un sentido erótico para nombrar toda clase de aspectos de la actividad sexual. Entre los primeros, están objetos naturales y artificiales que, por su forma y otras cualidades, recuerdan al pene y a la vagina; asimismo, fenómenos y procesos de carácter térmico, que fácilmente remiten a la temperatura corporal en ascenso durante el acto erótico -o sea, estar «caliente»-.

Una parte importante de estas resignificaciones eróticas recaen en alimentos, no solo por aquellos que puedan tener similitudes con los genitales, sino por la habitual relación entre el acto de comer y el coito en todas las lenguas: la lengua, en sí, ya es un órgano idóneo, un término que comunica lo erótico con lo alimenticio. Es de esperar que, en todas las culturas, tal terminología tenga siempre un carácter de doble sentido, de espíritu impúdico que fluctúa entre la picardía ingeniosa y la grosería. Lo gracioso y desconcertante es cuando esta jerga difiere cultural y nacionalmente, dando como resultado que términos erotizados en un país, no lo sean en otro del mismo idioma, o no lo sean tanto. Un ejemplo así lo tenemos entre México y Cuba, en este caso, cuando un cubano visita un tianguis mexicano.

 

Así, podemos ver del ejemplo anterior que una de las palabras de uso común en México, altamente erotizadas en Cuba, es “papaya”. En México, como en otros países latinoamericanos, este vocablo de origen antillano también alude al órgano genital femenino, al sugerir esta fruta cortada la imagen de una jugosa vagina. La palabra papaya se encuentra con frecuencia muy erotizada en México, en especial en ese arte-ciencia del doble sentido llamado albur mexicano, que tiene sus especialistas y hasta su reina. Aquí un buen ejemplo, directamente extraído de la Antología del Albur:

RECETA DE NIÑO ENVUELTO
Ingredientes:
1 cama matrimonial (que no rechine)
2 personas del sexo opuesto
1 papaya no muy arrugada
1 plátano (al gusto)
2 huevos
1/4 oscuro
200 gramos de aguante

Modo de Prepararse:

Las dos personas se meten en el 1/4 oscuro se tienden en
una cama. Se sazonan durante 20 o 30 minutos con besos y
abrazos y cuando esté bien sazonado se rellena papaya con
el plátano y los huevos que se revuelven fuertemente
durante 20 o 40 minutos hasta que se haga turrón.
Terminado se saca el plátano y los huevos de la papaya. Se
deja reposar durante 9 meses y cuando esté bien esponjadito
se saca el niño y se envuelve. Se limpia
muy bien el molde y se deja reposar durante 40 días antes de
preparar otro niño envuelto (Hernández, 2006, pág. 88).

Sin embargo, fuera del contexto netamente alburero, en México decir papaya no representa ninguna fuente de malentendido, como sucede con las metáforas eróticas universales asociadas al plátano y a los huevos. En cambio, la resignificación erótica de esta fruta alcanza niveles tan altos en Cuba que, sobre todo en el occidente, en lugar de papaya, se prefiere el término “fruta bomba”, como si de un fruto explosivo se tratara.

Este cambio de nombre sucedió a partir de 1875, se especula que a causa del amplio uso medicinal de la planta como abortivo, el vocablo termine siendo sinónimo de “vulva” (García y Alonso, 2001, págs. 142-143). Términos derivados de papaya acentúan su carga erótica hasta llegar a lo grosero. Entre ellos, estar empapayado -hombre muy enamorado-; papayón, papayonga, papayal para una vulva notable; y papayúa a la mujer que la ostente. Una mujer, de ser muy grosera pudiera decir: “¡porque yo tengo diez libras de papaya, la llevo al mercado campesino, y me dan sesenta pesos por ella!” (García y Alonso, 2001, pág. 143), haciendo de sus dotes un producto de demanda en un tianguis. En ese contexto, papaya puede resultar divertido u ofensivo según esté o no presente la misma fruta bomba:

El término, en boca de los hombres, se utiliza para piropear a las mujeres. Por regla general su uso en la jerga erótica resulta en extremo grosero: «Niña, papaya llevas ahí hasta para hacer dulce». Si la muchacha lleva en sus manos alguna de estas frutas, el piropo resulta gracioso, agradable, y la aludida podría responder con una sonrisa. Si no es así, es decir, si no hay fruta que fundamente el chiste, entonces resulta vulgar y de muy mal gusto (García y Alonso, 2001, pág. 143).

 

Como es de esperar, estos sentidos de la papaya forman parte de la picardía popular cubana mediante la poesía y la música. Como ejemplo tenemos la canción La Trabazón, del trovador Pedro Luis Ferrer, donde la expresión “la papa ayuda a comer”, ya cantada suena como “la papayuda”. Un caso más extremo y rayando en la grosería lo constituye la canción El palón divino del reguetonero cubano Chocolate MC, al decir: 

Oye a ti te tengo to’a enganchá’ 
Yo le di por la papaya con maldá’
Y ¿quieres que te diga la verdá’?
Ella también me la dio con maldá’.

Pasando a la otra expresión ruborizadora para un cubano, “moronga”,  que le recordaría otra: “morronga”, con el elevado significado fálico que sugiere la forma de esta salchicha hecha de sangre de cerdo. Como sucede con papaya, estos dos términos, aunque no tienen el mismo significado y origen, en México sí confluyen como significantes eróticos del “miembro viril” (Palomar de Miguel, 2005, pág. 898). En una  ojeada al albur mexicano para analizar esta expresión, la muestra como parte de un “plato de la casa” en la carta de un restaurante: “Larganiza con dos huevos y su moronga, al gusto” (Hernández, 2006, pág. 77) o como promocional de una “taquería del Víctor”, el famoso personaje de los albures: “El Víctor (Propietario de la taquería «El Chipote» donde le damos los mejores de cabeza, maciza, y su moronga. Aquí atrasito pase nomás y pruebe que ricos son” (Hernández, 2006, pág. 253). También puede aparecer, no como imagen fálica, sino aludiendo a su confección a base de sangre coagulada para celebrar a una mujer que, de tan “apetitosa”, se consumen hasta sus fluidos vaginales y excreciones: “Dime cuándo es tu regla para vaciarla en un condón y hacerme unos tacos de moronga” (Hernández, 2006, pág. 142).

Pero, una vez más, escuchar la palabra moronga en un mercado mexicano no tiene más consecuencia, sobre todo si la anuncia una agradable señora que pregona sus morongas caseras. Incluso hice el experimento de preguntarles a los vendedores de la moronga que asombraron al muchacho y, sin picardía alguna, me dijeron algunos de sus otros nombres: “rellena”, “memoria”, “morcilla”.  Algo muy diferente sucedería en Cuba, donde morronga y sus aumentativos tales como “morrongón (na)”, “morrongota”, y derivados como “morronguero” (bisexual masculino); son directamente expresiones groseras, ya no frases de doble sentido. Por su parte, el embutido de sangre coagulada de cerdo, que en México se llama moronga, en Cuba recibe el nombre de morcilla que, al igual que en tierras mexicanas, puede tener leves resonancias fálicas. También recibe el inocente nombre de “mosaico”, en las montañas centrales del país. Es curioso que, aunque la palabra morronga no defina a este producto faliforme, en Cuba tenga las mismas implicaciones albureras que la moronga.

 

La otra palabra a destacar en la frase del hermano regañón del tianguis es la que proviene del verbo “mamar”. Quien ha estado en México, o en comunicación con mexicanos, habrá escuchado continuamente las expresiones “no mames”, “déjate de mamadas”, “no seas mamón”, entre otras, en situaciones en las que se quiere expresar sorpresa o incredulidad, reprochar alguna conducta no deseada, o definir a alguien pesado, odioso o sangrón (Palomar de Miguel, 2005, pág. 806). Siempre recordaré los repetidos gritos de “¡no mames!”, proferidos por un joven ante el cadáver sangrante de su hermano recién balaceado, cerca de la puerta del departamento en que vivo. Como se nota, “mamar” en México es una de esas expresiones multiusos y polisemánticas que muchas culturas poseen. No obstante, su carácter “mamífero” salta a la vista. En efecto, para los mexicanos mamar” significa inmediatamente lactar y, por extensión, comportarse como un bebé sin serlo, evidenciando irresponsabilidad e inmadurez. Una “mamada” sería equivalente a la tontería, la necedad y el despropósito; la acción y efecto de “mamar”: decir o hacer necedades o “sangronadas” (Palomar de Miguel, 2005, págs. 805, 806). Mamar también se refiere a beber bebidas alcohólicas y, como resultado, un borracho es alguien que está “mamado”. En contraste con lo anterior, “estar bien mamado” equivale a estar musculoso y en buena forma, quizá como índice de un cuerpo bien nutrido por el ejercicio y el alimento. 

Por supuesto que las implicaciones eróticas de mamar no son ajenas para la cultura mexicana. Muy por el contrario. Mamar, con explícitas alusiones al sexo oral, de altísimo calibre felativo y cunnilingual, abundan en el especializado albur mexicano. Una plétora de ejemplos así lo demuestran: “si vas a empezar con mamadas, me apunto con un par”; “¡está bien que mames, pero no arranques pelos!”. La disposición incondicional al cunnilingus se hace patente con frecuencia: “quisiera ser Rey, para subirme al trono y mamarte el mono”; “esos labios bigotones, te los mamo con todo y calzones”; “¡mamacita, te la mamo como la traigas y si traes kotex me lo trago!”. A veces, este propósito está permeado de santa devoción: “¡te la mamo hincado pa’ que veas que soy cristiano!”; “chiquitita, si eres virgen te la mamo hincado”. Un muy escandaloso ejemplo de esta lascivia religiosa lo apreciamos en el encuentro entre una beata mujer y su cura en el confesionario:  

Tttt… tienes un culo soberbio, de pelos, bien guarnecido

y preguntóle extasiado. ¿Te lo mama tu marido?

Sí, padre mío, lo mama. ¿Y se lo mamas tú a él?

Sí padre, y hacemos el 69;

pero aplíqueme el remedio, o le juro que me lo tapo.

El remedio te he de dar, pero antes con tu permiso

yo te lo voy a mamar (Hernández, 2006, pág. 270).

Todas estas implicaciones del “mame” en el albur mexicano han dado lugar a profundos axiomas, como “las mamadas grandes se dan una cuarta abajo del ombligo”, a sentidas preguntas, como “¿qué mamá da esos consejos?”, o a incógnitas gramaticales del tipo: “¿cómo se dice mamuelpo en diminutivo? Y no podían faltar los juegos de palabras asociadas a alimentos en una carta de restaurante que puede ofrecer “agua de mamaica” o de “mamarindo”; “refrespito de agua de manantial”, o “remamadas de papaya”. Sin embargo, fuera del contexto alburero, “mamar o no mamar” normalmente carece de libidinosidad en el cotidiano mexicano.

En Cuba, por el contrario, mamar tiene casi exclusivamente el significado de sexo oral, excepto cuando se refiere a la lactancia animal o la de un bebé humano muy pequeño, como cuando decimos “niño que no llora no mama”. Palabras que en México son inocentes como mamón -pesado, sangrón-, mamalón -borrachín-, mamada, y otros, en tierras cubanas son vulgaridades ofensivas, impensables como broma o incluso como frases de doble sentido. Su significado es claro y directo: mamón es el “contacto bucogenital largo y apasionado”, así como la persona masculina o femenina -mamona- que lo frecuenta. Esto último también significa ser “mamalón(a)”. Tales sentidos “sexoratoriales” cubanos llegan al extremo de concebir el “mamar por carambola”, cuyo significando es el contacto bucal indirecto con los genitales de alguien, cuando se besa a una persona que acaba de tener contacto bucogenital con otra (García y Alonso, 2001, págs. 113-114). Por tanto, cuando a un cubano novato en México le dicen “no mames”, su mente cae en una confusión de sentidos y propósitos, y hasta puede aflorar el pensamiento de “¡ni siquiera tenía esa intención!”.

Algo similar sucede con la última frase generadora de rubor en lo vociferado por el joven del tianguis: “¡ya vente!”. Toda persona nativa de México usa esa expresión con frecuencia cuando solicita a otra su pronta llegada o regreso. “Venir” o “venirse” para los mexicanos, claro está, también vale para definir el orgasmo, como lo establece el Diccionario de México: “hacer la efusión del semen en el espasmo del coito”. Sin embargo, llama la atención que esa sea la segunda acepción del uso propiamente mexicano del término “venir”, siendo la primera la de “llegar un maguey a su madurez y encontrarse a punto para ser capado” (Palomar de Miguel, 2005, pág. 1396). WhatsApp Image 2020-07-23 at 13.29.25

Pero, como se ha visto, no hay vocablo que el albur mexicano no infunda la líbido. Así lo vemos en una pormenorizada clasificación de orgasmos, entre los que cuenta el clarividente: “lo siento venir… ya casi viene… lo veo, lo veo”, o el orgasmo profético: «¡me vengo; me vengoooo!». También se cuentan los “Medicamentos para la lujuria” donde, junto a la “inyección de carne” y los “no-palitos”, se aconsejan las “cápsulas de semen seas o seven iaentulomo”. Como un ejercicio alburero de análisis y razonamiento diferencial, se nos aclara que “no es lo mismo… avenida Zaragoza, que Sara goza la venida”. A la pregunta de “¿por qué la navidad es blanca?”, se nos responde que es “por la venida de Santa”. Regresando al ámbito de lo religioso, la anterior beata le confiesa a su cura luego de una santísima cópula: “Me ‘vine’ 40 veces, de atole estoy inundada”. Una mujer aún más beata, una monja, intenta que sus alumnas no vean la desnudez de un hombre tirado en el suelo, y se sienta sobre él para taparlo con su hábito. Un rato después comienza a rezar a todos los santos terminando con:

¡Ay! San Rolando,

Siento que me estoy mojando.

¡Ay! San Rosendo,

¿Será que me estoy viniendo?

¡Ay! San Tomás,

Estoy que no aguanto más.

¡Ay! San Bernabé,

Siento que ya acabé

¡Ay! Santa Canuta,

¡Me salgo de monja y me meto de puta!

 (Hernández, 2006, pág. 283).

Así es “venirse” a México… en todas sus conjugaciones; es tan lascivo como en otros países hispanohablantes. Solo que, al igual que los vocablos eróticos mencionados fuera del albur, presentan una inocente literalidad. Cualquiera puede declarar que se viene, se vino, o desear y pedir que alguien más se venga. Esto sería imposible en Cuba, donde las conjugaciones de “venir”, acompañadas de pronombres reflexivos -me, te, se-, son evitadas por ser casi exclusivas del momento sexual; excepto en frases similares a “me vine a dar cuenta”, “me vengo percatando”, no sin cierto peligro de doble sentido.

Como se ha podido ver, los equívocos eróticos entre México y Cuba pueden ser muy chistosos y embarazosos. Un cubano recién llegado tendría que hacer un precario malabarismo mental para comprender la frase del joven del inicio de este texto, en términos diferentes a: “ya déjate de sexo oral, chamaca, y acaba de venirte con esa vulva (que), mira, qué buena está (…)”.

Por supuesto, para una mexicana o mexicano en Cuba, no sería muy diferente. Nomás hay que reparar en que continuamente tendrán la impresión de que los cubanos solo piensan “en eso”, pues no se sacan de la boca la palabra “coger”. Pero ya eso es pretexto para una próxima historia.

Bibliografía

García, M., & Alonso, J. R. (2001). Diccionario ilustrado de voces eróticas cubanas. Madrid: Celeste Ediciones.

Hernández, V. (2006). Antología del ALBUR. Charleston: BookSurge Publishing.

Palomar de Miguel, J. (2005). Diccionario de México. México: Trillas.

3 Comentarios

  1. Misael VP

    Qué buen artículo, Ruben. Siempre aporta conocimiento observar las variaciones del léxico entre una variante y otra del español, sobre todo si es el léxico sexual, que siempre es tan jugoso y aromático.

    Acá en Yucatán hemos preguntado, e insisten en que el término papaya «casi» no tiene connotaciones sexuales. A pesar de que hemos escuchado algunas bombas como estas:

    Mi novia orinaba junto
    A una mata de papaya
    Y la fruta le decía:
    «Qué bonita estás, tocaya».

    ***

    Ayer tarde te saliste
    A orinarte tras la chaya
    Y cuando pasé te dije:
    «Agua de chaya y papaya».

    ***

    En la Biblioteca Yucatanense, un amigo nuestro de apellido «Itzá» (descendiente directo de Itzaes y amante de todo lo cubano), nos regaló un libro de cultura yucateca donde salían estos versos:

    En una gran concurrencia,
    Disputaban cierto día,
    A qué fruta se daría,
    Entre tantas, preferencia.

    Eso es según, dijo Olalla,
    Más me gusta a mí un guineo,
    Y a mi primo Timoteo
    Más le agrada la papaya.

    ***

    Me imagino que unxs cuantxs dirán que son versxs heteronormativxs, pero sabrosxs sí que están.

    1. Revista Quixe

      ¡Las bombas yucatecas son lo mejor! Es gracioso cómo se asoma la erotización de la papaya en esos dichos rimados, mientras que ellos niegan que esa connotación exista en su vocabulario. ¡Gracias por las referencias!

  2. Rubén

    Gracias Misa, por tu comentario. Puede que las bombas yucatecas no tengan esas referencias tan directas a nuestra frutabomba, pero están igual de explosivas. Terrorismo erótico del bueno

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