El relámpago sublime

por Amalinalli Armendariz

Ilustración: Jorge De León

La infinidad tiene una tendencia a llenar la mente con aquella especie de horror delicioso que es el efecto más genuino y la prueba más verdadera de lo sublime. (Burke, 1997, p. 54).

Hace un par de años, en un día de noviembre, regresaba a mi casa después de haber pasado una alegre tarde, disfrutando de un concierto de piano del Festival Internacional de Piano En Blanco y Negro organizado por el Centro Nacional de las Artes. Durante el trayecto iba mirando por la ventana del camión, pensando en la música y la grata compañía de aquella tarde; reflexionaba acerca de la sublimidad de lo vivido y en el concepto de “lo sublime», cuando de pronto comenzó a llover:

Los teóricos de la estética tienen diferentes definiciones sobre “lo sublime”. El filósofo Cassio Longino se encuentra entre los primeros autores que le dedicaron tiempo al tema. Definió la sublimidad como “una eminencia y excelencia del lenguaje” (Ferrater, 1994, p. 3393). Por ser de este modo, era necesario descubrir las fuentes de lo sublime para establecer una normatividad escrupulosa que permitiera reproducir exitosamente ese sentimiento a través de la palabra. Así, para Longino, “las cosas sublimes, en efecto, no llevan a los oyentes a la persuasión sino al éxtasis. Siempre y en todas partes lo admirable, unido al pasmo o sorpresa, aventaja a lo que tiene por fin persuadir o agradar” (Longino, 1972, p. 39).

Pasaban los minutos y la lluvia se intensificaba conforme avanzábamos. Las personas en las calles corrían intentando refugiarse, pero el agua no deseaba mantenerse alejada de nada ni de nadie y, con ayuda del viento, alcanzaba hasta al más hábil y veloz corredor con paraguas. Seguía pensando:

Muchos años después, el filósofo irlandés Edmund Burke renovó el concepto, y se deshizo de la normativa estrictamente lingüística para explicar el origen de lo sublime como emoción, planteando que “mientras lo bello produce deleite, lo sublime engendra un terror deleitable al cual se entrega el alma sin poder evitarlo, pues con ello queda totalmente saturada sin dejar lugar para ninguna otra emoción” (Ferrater, 1994, p. 3394). Además, lo sublime se caracteriza precisamente por la oposición entre la forma y el contenido, es decir, una sobrepasa a la otra y la imaginación queda impactada, por lo que el entendimiento pierde también su armonía.

Así transcurrió el resto de la trayectoria y, en cuanto llegamos al pueblo donde vivo, observé que las calles ya se encontraban inundadas. Aun así, las nubes continuaban regresando el agua a la tierra, desprovistas de cualquier egoísmo. Comencé a prepararme para mi descenso, sabiendo que no importaba mucho pues de cualquier modo terminaría empapada. Hice la primera pisada en el concreto de la banqueta, que para estas alturas ya no ofrecía la posibilidad de mantener los pies alejados del agua. Resignada, comencé a caminar rumbo a mi casa: había personas que tenían marcas de agua hasta las rodillas, y no era precisamente del agua limpia de las nubes, sino una mezcla de todo tipo de flujos residuales humanos.

Posteriormente, Immanuel Kant tuvo concepciones cercanas a las de Burke, pues “destaca la diferencia entre el carácter finito, acabado y mesurable de lo bello, en contraste con el carácter infinito, inacabado e inconmensurable de lo sublime” (Ferrater, 1994, p. 3394). Profundizando en esto, la investigación ahora busca los orígenes de la emoción y lo que provoca en el espectador.

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Así que decidí dar la vuelta y caminar por un libramiento urbano utilizado comúnmente para la feria del pueblo; peculiar por la escasez de casas, distanciadas considerable entre sí, con algunos terrenos de siembra y otros donde solo hay vegetación. Pero, eso sí, que ofrece una vista increíble hacia el Cerro del Teuhtli y la población que se encuentra más abajo.

De modo que Kant sostiene que “lo sublime ha de ser siempre grande, lo bello puede ser también pequeño. Lo sublime ha de ser sencillo; lo bello puede estar engalanado” (Kant, 2005, p. 214). En lo sublime, la importancia reside en la cantidad del objeto en cuestión: mientras más grande y sencillo sea, más asombro y anonadamiento causará, además de que el deleite que puede ocasionar no tiene un propósito establecido. En cambio, lo bello sí lo tiene, y procura la cualidad del objeto, la delicadeza, los detalles, entre otros aspectos que tornan agradables las cosas.

La lluvia continuaba y, además, comenzaron a caer rayos. El camino que había decidido tomar estaba más transitable que el habitual, pero tampoco estaba exento de encharcamientos pequeños. De improviso, todas las casas y las calles perdieron la iluminación, mientras que en mis auriculares comenzaba a sonar la canción Sing, sing, sing de Benny Goodman. “Un perfecto soundtrack”, pensé, mientras pisaba un charco intencionalmente, haciendo énfasis de una nota. Ya casi estaba totalmente oscuro, la noche no pretendía esperar.

Es importante mencionar que la sublimidad no es una experiencia exclusiva de la vista, de la capacidad imaginativa, recreativa o del lenguaje, sino que habita perfectamente el resto de nuestros sentidos, tales como el oído, el tacto y el olfato, o una combinación de sinestesia de todos. Uno solo no sería capaz de lograr un efecto tan impactante.

Burke afirmó que “es preciso que haya cierto grado de novedad, en lo que integra todo instrumento que opera sobre la mente; y la curiosidad se mezcla más o menos con todas nuestras pasiones” (Burke, 1997, p. 23). Esta propiedad es relevante porque a diferencia de lo conocido, normalmente sentimos curiosidad y asombro por las cosas que son novedosas, se vuelven más atractivas ante nuestros ojos, deseamos conocerlas e investigarlas. Estos sentimientos, unidos o provenientes del terror, ya sea por dolor, peligro, entre otros, da como resultado la sublimidad de un objeto, pues “produce la emoción más fuerte que la mente es capaz de sentir” (Burke, 1997, p. 29).

Pasé la última casa cercana y me detuve, porque vi que un coche se aproximaba e intenté alejarme del charco más próximo. En cuanto el auto pasó, volteé a admirar el paisaje, respiré profundamente, mis pulmones se llenaron con olor de lluvia, tierra y hierba. En ese preciso momento vi cómo un relámpago iluminó repentinamente todo el cielo, marcando su ruta hacia algún desafortunado lugar no tan lejano de donde me encontraba. Sentí el primitivo deseo de huir, de refugiarme, temí por mi vida. El corazón se me aceleró, sentí una electricidad recorriendo todo mi cuerpo, contuve la respiración por unos segundos… No podía pensar en nada. Ahí, sola en mitad de la nada, sintiendo la lluvia en mi cara, escuché el relámpago que tenía prisa por rugir con furia. Cuando salí de ese estado de trance, sentí mi finitud humana, me sentí pequeñita en el mundo, en la naturaleza de la que sin duda formo parte, y ni hablar del universo. ¿Qué somos ante la fuerza de la naturaleza, ante la inmensidad? Buscaba y no encontraba la palabra para describir aquella experiencia: miedo, finitud, belleza… ¿Sublime? ¡Esa era! Una experiencia sublime.

Recapitulando, lo sublime debe ser algo grande, sencillo, que tiene como base el terror, se puede diferenciar del peligro auténtico, existe desarmonía entre la forma y su contenido, causa asombro, éxtasis y anonadamiento, se ayuda de la fantasía para recrear los escenarios infinitos, pues todo este proceso consiste en cómo nuestra mente aprehende todo aquello que le rodea.

Continué mi camino, reflexionando sobre ese instante tan conmovedor. Sin darme cuenta, llegué a la siguiente casa que ofrecía luz eléctrica, dos muestras de conquista del hombre sobre la naturaleza. El sentimiento se había esfumado.

Caminé durante varios minutos más y, cuando por fin vi la puerta de mi casa, sentí un gran alivio. La intensidad de la lluvia ya había disminuido; abrí la puerta y el cielo se despidió de mí con algunas pequeñas gotas suaves, indicando que también había encontrado paz.IMG_0171

Bibliografía

Burke, E. (1997). Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello. (2nd ed.). Madrid: Tecnos.

Ferrater, J. (1994). Diccionario de Filosofía (Tomo IV) (2nd ed.). Barcelona: Ariel.

Kant, I. (2005). Prolegómenos a toda metafísica del futuro: Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime. Buenos Aires: Losada.

Longino. (1972). De lo sublime. Argentina: Aguilar.

Amalinalli Armendariz Jaramillo es egresada de la licenciatura de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Sus líneas de investigación se relacionan con la filosofía de la mente, filosofía del cuerpo, filosofía japonesa, el budismo, la meditación y otros aspectos relacionados al pensamiento oriental. Actualmente forma parte del grupo de Redacción Digital QUIXE.

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