Adiós, mamá Carlota

por Teresa Cortés y Abigail Montealegre

Adiós mamá carlota

Adiós mi tierno amor…

se marchan los franceses…

se va el emperador.

(Vicente Riva Palacio)

El 8 de julio de 1866, ante la presión del ejército republicano sobre las tropas imperiales de Maximiliano y la inminente retirada de las tropas francesas, María Carlota de Bélgica, emperatriz de México, salió de la Ciudad de México rumbo a Francia para pedir a Napoleón III que cumpliera con el Tratado de Miramar, firmado el 10 de abril de 1864. Este acto significó uno de los acontecimientos más dramáticos en la vida de Carlota y un intento desesperado por salvar lo que ya se había perdido, el Imperio de Maximiliano.

Fue criada para gobernar y pasó más de la mitad de su vida dominada por su mente ingobernable

Figura 1
Figura 1. Albert Gräfle, Retrato de Carlota, Emperatriz de México, 1865, óleo sobre tela, vía Wikimedia Commons

María Carlota Amalia Augusta Victoria Clementina Leopoldina (figura 1), nombre digno de una princesa, fue hija del primer rey belga, Leopoldo I; quien comenzara la Casa Real de Bélgica y cuya descendencia debía recibir una educación acorde a la noble familia, por lo que Carlota fue educada bajo ese contexto, ya que en algún momento de su vida contraería matrimonio con un miembro de otra casa reinante y tendría a todo un pueblo bajo su jurisdicción -por lo menos eso era lo que prometía su posición como princesa de Bélgica-.

En 1857, a los 17 años, Carlota contrajo matrimonio con el archiduque de Austria, Fernando Maximiliano de Habsburgo (figura 2), de 25, segundo hijo del emperador Francisco José de Austria, bajo la promesa de posicionarse al mando de un territorio importante de la Casa de los Habsburgo. Así, Maximiliano fue nombrado virrey del reino Lombardo-Véneto pero, tras la victoria de los franceses sobre los austriacos en la Batalla de Solferino, se vio obligado a ceder el cargo y consideró conveniente residir permanentemente en Trieste, Italia, donde mandó a construir un castillo a orillas del mar Adriático, el famoso Castillo de Miramar. El plan de la joven pareja era pasar ahí el resto de sus vidas, mas no contaban con una propuesta que pronto llegaría: el trono al Imperio de México. Sin duda, este acontecimiento llegó a transformar sus planes y crear unos nuevos, pues frente a ellos se encontraba la posibilidad de un gobierno bajo sus manos.

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Figura 2. Albert Gräfle, Retrato de Maximiliano I de México, 1864, óleo sobre tela, vía Wikimedia Commons

Un emperador para México

Para comprender la situación a la que la pareja real se enfrentaría en nuestro país, es necesario narrar algunos antecedentes. En México, la Guerra de Reforma (1858-1861) generó una serie de cambios que poco favorecieron al clero y a sus partidarios. Como toda guerra, una de las principales consecuencias fue una depresión económica en la cual quedó sumergido el país, aunque recordemos que México, desde la declaración de su independencia, no había logrado salir de la crisis que ya tenía desde entonces. Tampoco tardó en aparecer la crisis política ya que, a pesar de que se había logrado establecer un gobierno republicano, los intereses de algunos grupos conservadores habían sido afectados. Tras la guerra, restablecer la paz y levantar al país representaba el principal reto para el gobierno de México, así que cada decisión tendría que ir encaminada a alcanzar la estabilidad; sin embargo, hubo algunas que, tras su aplicación, tuvieron una respuesta poco favorable para el gobierno y el país.

Un ejemplo fue aquella decisión de julio de 1861, cuando el gobierno de Benito Juárez suspendió el pago de la deuda extranjera: con ello, los representantes diplomáticos de Inglaterra y Francia dieron por terminada la relación con México y abandonaron el país. Para octubre del mismo año España, Francia e Inglaterra celebraron la Convención de Londres de la cual se desprendió un plan de ocupación que tenía como principal objetivo asegurar los derechos de sus ciudadanos radicados en México; así, en diciembre, las tropas de estos tres países llegaron a las costas mexicanas, desembarcando en Veracruz sin mayor problema (Lira & Staples, 2010, p. 468).   

Ante este evento, el 25 de enero de 1862, el gobierno de México expidió una ley  que declaraba como enemigos a los invasores y traidores a quienes los apoyaran; por otro lado, el mismo gobierno se disponía a negociar con las tropas, para lo cual enviaron al secretario de relaciones exteriores Manuel Doblado, a entablar un acuerdo con los ocupantes de la costa. Dicha negociación se llevó a cabo con Juan Prim, representante de la comisión tripartita, llegando al acuerdo de que la deuda sería pagada una vez que se superaran las circunstancias que los llevaron a la moratoria  (Lira & Staples, 2010, p. 468); España e Inglaterra retiraron sus tropas, pero los propósitos de Francia eran muy diferentes.   

Napoleón III, con ideales expansionistas, llevó sus tropas a las costas de México con la intención de establecer una monarquía con un príncipe católico; sus planes fueron apoyados por aquellos mexicanos conservadores que buscaban ver restablecidos sus privilegios y una monarquía moderada, hereditaria y con un líder católico. ¿Quién sería aquel príncipe que sería aclamado por los mexicanos, según estos conservadores? Como bien se sabe en la historia, la tarea fue encomendada a Maximiliano de Habsburgo quien, junto a su esposa Carlota, se encargaría de establecer una “dictadura liberal” a la medida de lo que Napoleón III necesitaba para intervenir en América.

Maximiliano aceptaría el trono ofrecido por Napoleón III solo si realmente el pueblo lo deseaba. Poco trabajo les costó a los conservadores convencerlo de que era la voluntad de los mexicanos que él les gobernara. Así, el 10 de abril de 1864, aceptó el cargo y su pacto con el emperador francés fue sellado a través del Tratado de Miramar. Con la fe puesta en la palabra de Napoleón III, Carlota y Maximiliano viajaron a México, teniendo un claro objetivo: restaurar la paz y el orden tradicional en el país -en el que ellos creían que los esperaban con gozo y alegría-.

Efectivamente, la pareja imperial desembarcó en las costas de Veracruz el 29 de mayo de 1864 (Lira & Staples, 2010, p. 470); sin embargo, aunque su recepción no fue como la imaginaron pues las condiciones sanitarias, económicas y sobre todo políticas eran complicadas, su ánimo y asombro por su actual nación fue mayor.

A su llegada a México, los emperadores quedaron fascinados por todo aquello que les ofrecía el Nuevo Continente. Su naturaleza, el clima y su gente formaban armónicamente un regalo que la vida les daba. Los habitantes de estas tierras mostraban tal humildad y respeto que en poco tiempo la pareja real se encariñó con su pueblo; especialmente con los más necesitados. De modo que, para abril de 1865, el emperador instituyó la Junta Protectora de las Clases Menesterosas, la cual velaba por los derechos de los más pobres, incluidos los indígenas. A medida que transcurría el tiempo, Maximiliano y Carlota se adaptaron a su nueva patria. Privilegiaron las artes y la cultura; y, el 16 de septiembre de 1864 se hizo oficial la celebración del Grito de Dolores que, si bien ya se había celebrado inconstantemente, Maximiliano fue el primero en darlo en el mismo lugar que el cura Hidalgo.

Los emperadores habían recibido una educación liberal, y predominaban en ellos ideas heredadas de la Ilustración, así como la convicción de que la educación debía ser laica y que la iglesia y el ejército no debían tener privilegios. Estas acciones enfadaron al bando conservador, incluso algunos que conformaron la comisión de Miramar les dieron la espalda. Poco a poco, el Imperio se iba quedando sin apoyo. Aunado a eso, el bando liberal presionaba para que la pareja real abandonara el país, y México volviera a ser una república. Mantener un imperio requería de recursos naturales, económicos y humanos, pues el gobierno republicano, además de los problemas internos del partido liberal, mantenía una lucha armada contra la monarquía.

Un pacto y un sueño roto que condujeron a la locura 

Cuando Maximiliano aceptó el trono de México firmó junto a Napoleón III el Tratado de Miramar, en el cual Napoleón se comprometía a mantener una legión de 25 mil soldados franceses y 8 mil de la legión extranjera. Estas tropas saldrían de México, en la medida que se fuera estableciendo y fortificando el Imperio de Maximiliano; sin embargo, en el segundo artículo de los acuerdos secretos del tratado, se establecía que el emperador francés se comprometía a que la fuerza militar de 38 mil hombres sería reducida gradualmente; de tal manera que, para 1867, aún permanecieron 20 mil en apoyo al Imperio (Tratado de Miramar, 1864).

Este tratado le otorgaba a Maximiliano cierta solvencia militar que le permitiría consolidar el Imperio. Desde diciembre de 1861, las tropas francesas continuaban en territorio mexicano luchando por los intereses expansionistas de Napoleón III; sin embargo, la intervención en México no era la única batalla. El emperador francés decidió romper lo acordado en el Tratado de Miramar, debido a que veía inútil todo intento por rescatar al Imperio y, bajo las amenazas de invadir Francia por parte de otros países europeos, necesitaba a su ejército en territorio europeo. Para enero de 1866, se anunció la salida de las tropas francesas (Lira & Staples, 2010, p. 474). Sin duda alguna, las cosas no pintaban bien para Francia y menos aún para el Imperio mexicano.

El 8 de julio de 1866, Carlota partió a Francia para exigir a Napoleón III el cumplimiento del tratado, mientras Maximiliano se quedó en México para intentar arreglar la situación política; esa fue la última vez que se vieron. Fue en ese viaje donde se detectaron por primera vez indicios de la locura de la emperatriz. El escritor Fernando del Paso, en el segundo tomo de Noticias del Imperio, nos ofrece un recuento de los hechos que pudieron detonar o favorecer el deterioro progresivo de la mente de Carlota (Del Paso, tomo 2, 2003, pp. 510-523). Sería fácil atribuirlo únicamente al rechazo de Napoleón III y del papa Pío IX, ya que ninguno de los dos atendió las súplicas de la emperatriz cuando les fue a pedir la salvación de su gobierno en México. Pero en su narrativa, Del Paso decidió abrir la posibilidad de que Carlota fuera envenenada y, aunado a toda la presión de ver cómo se desmoronaba su sueño, provocó la inestabilidad de su mente hasta el final de sus días. 

La salida de Carlota pudo significar, para ambos lados, el comienzo del fin. Tanto así que al enterarse de la partida de la emperatriz, Vicente Riva Palacio se dio a la tarea de componer una canción que enmarca tan memorable suceso para los liberales; se trata de “Adiós mamá Carlota”:

Alegre el marinero con voz pausada canta, y el ancla ya levanta con extraño rumor. La nave va en los mares, botando cual pelota: adiós mamá Carlota, adiós mi tierno amor. De la remota playa te mira con tristeza la estúpida nobleza del mocho y del traidor. En lo hondo de su pecho ya sienten su derrota: adiós, mamá Carlota adiós, mi tierno amor. Acábanse en Palacio tertulias, juegos, bailes; agítanse los frailes en fuerza de dolor. La chusma de las cruces gritando se alborota; adiós, mamá Carlota, adiós, mi tierno amor. Murmuran sordamente los tristes chambelanes, lloran los capellanes y las damas de honor. El triste Chucho Hermosa canta con lira rota: adiós, mamá Carlota, adiós, mi tierno amor. Y en tanto los chinacos ya cantan la victoria, guardando tu memoria sin miedo ni rencor. Dicen mientras el viento tu embarcación azota: adiós, mamá Carlota, adiós, mi tierno amor. Adiós, mamá Carlota, adiós, mi tierno amor (Mediateca INAH, 1973).

Mientras Carlota se encontraba en Europa tratando de hacer que Napoleón III entrara en razón y devolviera el apoyo al Imperio mexicano en un intento desesperado por mantener vivo el sueño de seguir siendo emperatriz, Maximiliano, con un Imperio que se debilitaba aún más, el gobierno de Juárez que iba recuperando el territorio, y sin noticias de su esposa, había decidido abdicar al trono, pero el consejo no lo permitió y lo obligó a defenderlo. 

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Figura 3. Carlota de Bélgica en su vejez, vía Pinterest

A Maximiliano lo fusilaron un año después en el Cerro de las Campanas, en Querétaro; el 19 de junio de 1867, junto a Tomás Mejía y Miguel Miramón. El gobierno de Benito Juárez no le perdonó la vida. Y su muerte sirvió como advertencia para cualquier otro extranjero que se atreviera a gobernar México. Carlota, tras su salida del país en busca de apoyo para el Imperio, nunca volvió, murió el 19 de enero de 1927 en el castillo de Bouchout, en su natal Bélgica (figura 3).

Bibliografía

Del Paso, F. (2003) Noticias del imperio. [2 tomos]. Ciudad de México. Planeta DeAgostini.  

Lira, A., & Staples, A. (2010). Del desastre a la reconstrucción republicana. In E. V. García, E. Nalda, & P. E. Gonzalbo, Nueva Historia General de México (pp. 443-486). México: El Colegio de México.

Mediateca INAH. (1973). 6 de julio de 2020. Recuperado de https://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/musica:56

Tratado de Miramar. (1864). Museo de las Constituciones UNAM. 6 de julio 2020. Recuperado de http://museodelasconstituciones.unam.mx/1917/wp-content/uploads/1864/04/10-abril-1864-Tratado-de-Miramar.pdf

Teresa de los Ángeles Cortés Villa es pasante de la licenciatura de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Forma parte del Seminario Permanente de Historia y Música en México de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Actualmente forma parte del equipo de Redacción Digital QUIXE. Contacto: teresa.cortesv00@gmail.com
Janely Abigail Montealegre Paz es pasante de la licenciatura de Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FES-Acatlán), pre-especializada en Arte y Cultura Mexicana. Ha participado en coloquios nacionales. Intérprete de Museos e Instituciones Culturales, certificada por la RED Conocer, y docente de ciberescuela en el programa PILARES. Actualmente forma parte del equipo de Redacción Digital QUIXE. Contacto: janely.montealegre@gmail.com

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