Carlos Segoviano: Los retablos de la muerte y la labor del curador

Por Redacción QUIXE

Fotografía: Carlos Bustamante

Visitamos al curador Carlos Segoviano del Museo de Arte Moderno (MAM). Nos explicó sobre la exposición Los retablos de la muerte de Manuel Rodríguez Lozano, un artista mexicano del siglo XX cuya obra es aún menos explorada que las de otros de su época.

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CS: Al espacio museográfico hemos querido darle identidad, que sea un sitio donde hagamos revisiones puntuales de obras icónicas del acervo del museo de Arte Moderno (MAM), así como estudios particulares de ciertos artistas que consideramos importantes o que, incluso, han quedado en cierto modo relegados de la historiografía. Tal es el caso de Manuel Rodríguez Lozano, contemporáneo de los tres grandes: Rivera, Orozco y Siqueiros; pero, precisamente, ha quedado opacado por la presencia que tienen estos grandes muralistas.

En este caso, montamos la exposición Los retablos de la muerte, serie que Rodríguez Lozano pintó entre 1932 y 1933 y de la cual el MAM posee 16 de los 20 cuadros. Hemos conseguido dos más, disponiendo de 18. Ocupamos este lugar como una emulación de la primera puesta en escena de estos retablos. Exhibimos 4 fotografías que nos permiten ver cuál era la manera en que inicialmente se colocaron.

Estas obras son un encargo de Francisco Sergio Iturbe, otra personalidad un tanto olvidada por la historia del arte mexicano, pero muy importante porque, junto con Marte R. Gómez, quizás son los dos primeros coleccionistas de arte moderno mexicano. La diferencia entre estos es que R. Gómez participaba desde el gobierno, y la adquisición de obras de Iturbe fue por medio de un particular. Iturbe es un personaje muy interesante porque era dueño de algunos lugares importantes del centro histórico, como la famosa Casa de los Azulejos.

Iturbe le pidió esta serie a Rodríguez Lozano como conmemoración o forma de respeto a la muerte de su propia madre, Elena Idaroff. Le encarga uno de Santa Anna, la madre de la virgen María y abuela de Jesucristo. Su espacio original fue una habitación de Isabel la Católica #30 entre el Museo del Estanquillo y el Casino Español -hoy en día un centro comercial y también un hotel. Pero en realidad no era un lugar que alguien ocupara para dormir, sino que, en términos de arte contemporáneo, es una instalación en la cual Iturbe tenía un escritorio que aprovechaba para escribir textos, poemas y su autobiografía. Y también había una cama, la cual no necesariamente se ocupaba. Lo que nos permite entender es que estas obras, a partir de estar sentado o acostado, eran vistas desde una perspectiva baja. Por eso hemos puesto un diván para que la gente se siente y pueda ver la serie desde esa posición. Además, creo que nos ayuda a romper con el recorrido habitual de un museo, en donde la gente camina cuadro tras cuadro calladamente, con seriedad. La idea es atraer nuevos públicos para que vean, de manera lúdica, la obra de este pintor que se conoce solo en el mundo académico del arte. Invitamos a que todos a que se acuesten aquí, en la posición de la fallecida; porque estos cuadros tienen algo muy singular.

Habían sido montados juntos en 1998 y en 2009 en exposiciones colectivas muy grandes, provocando que los espectadores pasaran sin detenerse a admirarlos porque, al estar uno tras otro, no permitían la observación que sí se logra en el sillón. Así, tratamos de romper con la rutina de esta ciudad tan caótica, en donde todos están con prisa, y proponemos suspenderla un poco de nuestra cotidianidad aquí.

Esta serie, a pesar de que trata de Santa Anna -podemos imaginarnos a una mujer rubia entrada en años como dictaría el canon renacentista, pero no-, lo que vemos es un velorio mexicano: son una serie de plañideras, mujeres que lloran en los velorios acompañando a la difunta. El artista las hace muy especiales, porque logra representar un espacio silencioso y enigmático. De hecho, a pesar de los rebozos y el color de la piel mestiza de los personajes, no podemos situarlos en un tiempo o un lugar en específico, son atemporales.

Y se relaciona a que Lozano, tanto en Argentina como en París, ha visto la pintura metafísica y el surrealismo, contagiándose de estos ambientes enigmáticos, misteriosos, atemporales; ello, a pesar de que admitirá una única influencia de Picasso, al único que consideraba a su altura. Tal vez ese carácter fue otro factor que le aislara del resto de los artistas mexicanos famosos. Desde el surrealismo, vemos una de las imágenes que representa un cuerpo en una autopsia, desnudo, como si estuviera dormido. Por eso invitamos a que se recuesten y vean desde la misma posición de la fallecida que los veía; en realidad parece que está dormida. Esto nos lleva a despertar al sueño artístico y verlo cómodamente, en un ambiente más agradable, más ligero, cosa que no pensarías de un museo, donde todo suele ser solemne.

Otro detalle de esta exposición es que las 20 pinturas están acompañadas de un poema que habla de la fugacidad de la vida, escritos por el mismo coleccionista. Esto quiere decir que no solo compraba arte, sino que participaba activamente de los encargos que hacía. De hecho, más tarde expone en París todos los dibujos preparatorios del mural que le pide a José Clemente Orozco para la Casa de los Azulejos. Iturbe no tenía mucha fortuna, pero digamos que era un personaje que le interesaba no solo comprar, sino también activar el arte. De hecho, la mayoría de las obras que compró son de periodos iniciales tanto de Orozco, Mardonio Magaña, Abraham Ángel y Lozano; es decir, no le interesaban los grandes artistas, sino apoyar a los que estaban empezando a entrar al mundo del arte. La mayor parte de su colección era de Rodríguez Lozano. Entonces, la serie nos muestra al artista que, además, es uno de los más prestigiados del arte mexicano, sin tener toda la fama que debería reconocérsele. Lozano fue un gran maestro, algunos de sus aprendices fueron Abraham Ángel, Julio Castellanos, Francisco Zúñiga.

En la serie, se puede apreciar una transición del estilo de Rodríguez Lozano. Unas figuras se delimitan con una línea gruesa y tosca, no tan académica, a diferencia de las figuras que se delimitan de manera más delgadas. Estamos frente a una serie que no cumple un orden cronológico, sino que hay un principio curatorial del artista y del coleccionador. Los rostros responden a la primera etapa de Lozano, llamada “Los tipos”, en donde representa a gente de la calle y está buscando una tipología de lo mexicano sin caer en lo folclórico. En cambio, las laterales o delgadas, más verticales y pequeñas que se ven en los frisos, es una segunda etapa. Los cuerpos se ven musculosos, incluso asexuados, las mujeres podrían parecer hombres. Esta segunda etapa es la “Monumental”. La serie de Santa Anna nos exhibe esta transición. Toda la exposición se recrea en una sensación de cuarto, sin saturar el espacio para que facilite el acercamiento lúdico, y que la gente pueda descansar un poco y, al mismo tiempo, acercarse al arte.

VR: Eligiendo un espacio pequeño y no saturado, la museografía permite que el espectador pueda darle atención fija hacia la obra, e intimidad.

CS: Es el concepto que tenía Iturbe como parte del proceso curatorial. Cuando estaba en la investigación y decidiendo cómo quedaría el espacio, reparé en mi propio cuarto, donde tengo pegadas una serie de láminas y reproducciones de cuadros alrededor de mis paredes. Un día, justo al despertar, supe cómo querer la exposición. Esa es la idea, despertar viendo imágenes, invitando a que el público pase por el mismo proceso, entrar en este sueño surrealista que proponen las imágenes.

El arte no siempre tiene que ser una cosa seria, o nosotros ponernos en la posición de eruditos para acercárnosle. Las obras, por sí solas, tienen toda esta información. Obviamente, tenemos un concepto curatorial que está en los textos antes de ingresar a la sala, pero la idea es recrear el goce estético, estar cómodos.

VR: Cuéntanos sobre la tradición del retablo, pues es muy importante para México.

CS: Estas obras son una apropiación del exvoto o retablo popular, pinturas que la gente de pueblo hacía sobre láminas; no eran pintadas por artistas profesionales. En ellas plasmaban imágenes de accidentes, enfermedades que, por la intervención de un santo, podía resolverse de manera afortunada. Es una forma de agradecimiento.

Lozano retoma dicho formato para representar santos, Santa Anna en este caso. Ello sin el milagro, pues las imágenes responden a escenas fantásticas. De hecho, la historia de Santa Anna ni siquiera aparece en la biblia, es una historia apócrifa, es parte de textos que están fuera del canon católico estricto.

Lozano recrea la historia a partir del tema de Santa Anna y, más que pintar a la santa, lo que retoma es qué santa en particular se considera como protectora de las mujeres embarazadas y de los niños pequeños. De hecho, hay una canción infantil “¡Señora Santa Anna, porque llora el niño, porque perdió la manzana y ella le dio la otra!” Y eso pasa porque, en la historia de la virgen María, se cuenta que Santa Anna la tuvo hasta a sus 70 años; fue un milagro. Por ello es la protectora de las embarazadas y de los niños. Además, es muy interesante visibilizar imágenes en nuestro presente, donde las mujeres no sean un modelo corporal, elegidas por un ideal de belleza. La mujer es un tema de otro calibre en este caso.

Comparemos a Lozano con Diego Rivera, uno de sus grandes adversarios dentro del ambiente mexicano. A diferencia de Diego, quien veía la Revolución como un parteaguas hacia el desarrollo de México, Lozano la concebía como un proceso que había generado mucho drama y luto en el país, muy cercano al pensamiento de Orozco, al cual admiraba en un inicio. Por eso, pintó un México dramático, silencioso y, al mismo tiempo, mágico. Un México como un realismo mágico.

Lozano es partícipe de la creación de la imagen moderna que tenemos de nuestro país, por series como esta en donde el luto se siente como algo misterioso y demasiado callado; ello si lo contrastamos con un velorio mexicano, en donde la gente lleva hasta mariachis y todo el mundo habla y cuenta anécdotas del difunto. En esta serie no, el mundo está callado.

VR: Muchas gracias. Sobre tu papel como curador del MAM, ¿cómo ha sido la experiencia, los proyectos a futuro que tienes, las próximas exposiciones que vas a presentar, tu participación en otros proyectos que están afuera del museo?

CS: Claro. La exposición anterior en este mismo espacio, fue sobre los 80 años de Las dos Fridas, quizá la pieza más icónica de nuestro acervo. Fue mi primer proyecto, muy afortunado, pues tuvimos grandes visitas. El apoyo del equipo de museografía y diseño fue muy importante para que la puesta en escena fuera conmovedora y llamara la atención. Incluso se grabó un vídeo de una compañía inglesa sobre Frida Kahlo.

Este espacio ha sido un lugar muy cómodo para mí, ya que he podido desarrollar esta identidad que nos han pedido desde nuestra dirección: ofrecer este sitio como un lugar donde se pueda estudiar las obras más importantes de la colección. Comencé con Frida, ahora estamos con Rodríguez Lozano y, próximamente, hacia junio, una exposición en conmemoración de los cien años del natalicio de Juan Soriano, un proyecto que estamos realizando y que esperamos sea conmovedor para el público.

En nuestras salas grandes participé como co-curador de la exposición De aviesa intención, un homenaje a Teresa del Conde; lo que se planteó es una lectura que vincula al psicoanálisis y al arte mexicano. Entre todo el derrotero de líneas de investigación de Teresa del Conde, la unión de estas dos materias fue uno de los puntapiés con que ella abrió el estudio del arte en México. Entonces, de todos los elementos, decidimos vincular psicoanálisis y arte mexicano; creo que ha sido muy afortunada la respuesta del público a esta exposición.

El próximo 14 de marzo inauguraré la curaduría de Manifiestos del arte mexicano que, por cierto, incluye obras de Rodríguez Lozano. Es un estudio a través del arte que se desarrolló en México entre 1921 y 1958, por medio de los textos de diferentes grupos que muestran, sobre todo, la tensión entre los grupos que se querían relacionar más con la reivindicación nacionalista de fuentes prehispánicas y del arte popular -pensemos en la cerámica y otras fuentes populares-, en contraposición con los artistas como Rodríguez Lozano, que querían mantener sus vínculos con Europa y las vanguardias artísticas. Así, partimos de un Siqueiros en la Barcelona de 1921 proclamando un arte latinoamericano, hasta José Luis Cuevas en 1958, muy cercano en su propuesta a Siqueiros de romper con una cortina de nopal, romper con el nacionalismo, pero en este caso con el arte mural. Aspiraba a abrirse a las tendencias de los movimientos internacionales, sobre todo de posguerra, que querían terminar con las tendencias de carácter regionalista y hacer un concierto más universal después de que el mundo estuvo en duras batallas y que, además, está en el contexto de la Guerra Fría.

Y tenemos un proyecto fuera del museo en el Atrio de San Francisco, detrás de la Torre Latinoamericana, en el paseo de la calle de Francisco I. Madero. También ayudé como co-curador en la exposición que presenta, por primera vez en el exterior, piezas de nuestro jardín escultórico. Se llevaron 9 piezas, en un lugar por el que indudablemente ha pasado cualquier persona que viene a la capital, no solo los citadinos. Se inauguró hacia finales del año pasado, lo cual permitió que, en la temporada de vacaciones, la temporada navideña, tuviera mucha concurrencia precisamente, tanto gente proveniente de fuera del país como del interior de la república.

VR: Una pregunta que seguramente resultará interesante para nuestros lectores: ¿cuál es la labor de un curador en un museo y en la sociedad?

CS: ¡Esa es una gran pregunta!, porque cada vez que he platicado con amigos y les he dicho que soy curador en el museo, la gente por un lado piensa que soy un curandero, que hago limpias. Otros piensan hago la parte museográfica, la disposición en sala, los colores de las paredes, la altura de los cuadros, o la parte del diseño de las cédulas, y no es así. Obviamente trabajo con estos equipos, con diseño, museografía y demás.

Pero digamos que el curador tiene la función de raíz dentro de una exposición. Es decir, a partir del departamento de curaduría nacen los proyectos; esto es, se escoge el tema, se investiga, porque además somos un museo activo donde no tenemos una colección permanente en exhibición. Tenemos un acervo de más de 3 mil piezas, pero lo que nos distingue de muchos museos del mundo, es que nosotros constantemente, año con año, hacemos dos lecturas de nuestro acervo en nuestras salas grandes, así que tenemos que releerlo, reinterpretarlo. Y eso hace un curador: pensar nuevas maneras de presentar estos cuadros que tienen una gran historia, que han sido vistos por mucho público.

Pero ¿cómo acercar a nuevas personas para que vean estas obras y, al mismo tiempo, a los habituales mostrarles o refrescarles lo que han visto ya? Entonces, un curador plantea el proyecto, hace la investigación, hace una selección de obra, lo cual además podría parecer muy fácil. Básicamente hacemos eso en un inicio, pero ya en el campo de acción te encuentras con que, de la selección inicial de 15 o 20 cuadros, 3 o 4 no pueden estar porque están en otra exposición, o se están restaurando, o el museo al que se piden los tienen en exhibición y no te los puede prestar. Es un ejercicio donde hay que tener un gran conocimiento de los acervos de otros museos, de las pinturas de cada autor que estás estudiando, saber en dónde están las obras para que, en el momento, estas situaciones no afecten tu curaduría, tu plan de trabajo.

Además, el curador tiene dentro del museo un diálogo activo con todas las áreas, desde el planteamiento del proyecto en la dirección hasta el que sea aceptado. Luego debe disponer con museógrafos y el departamento de diseño cómo se va a realizar la puesta en escena. También tienes un departamento de colecciones que te dice qué cuadros se pueden presentar, cuáles están en restauración, cuáles puedes pedir, cómo hacer todo este trabajo. Asimismo, otro lugar muy importante dentro de los museos y especialmente para nosotros, es el Departamento de Mediación, antes conocido como Servicios Educativos, con quienes vemos todas las visitas guiadas, cómo poder acercar a grupos vulnerables, es decir niños, gente con capacidades diferentes. Por ejemplo, tenemos un programa con ex reos, o con migrantes, que puedan ver los museos cuando pasan por la ciudad. De hecho, en esta exposición en particular, cuando uno ve las fotos de la disposición original, estaban mucho más altas, pero en las conversaciones con Mediación surgió la necesidad de disponerlas más bajas, para que precisamente los niños o gente que viniera en silla de ruedas pudiera verlas cómodamente, lo cual creo que fue muy acertado, porque al estar acostados nos quedan perfectamente a la vista. Entonces, tenemos toda una relación con los diversos departamentos, además también con la gente de difusión, prensa y obviamente nos conciertan citas como esta, para poder hablar con los diferentes medios de comunicación.

Un curador tiene muchas actividades con relación a una exposición y, además somos personajes que vivimos en el futuro, por decirlo de alguna manera. Es decir, esta exposición se inauguró hace un mes y, si bien yo regreso constantemente para dar charlas como ésta o dar una visita guiada, o estar al pendiente de los comentarios que se hacen en sala, mi mente, mi trabajo ya están pensando en las exposiciones que siguen en este año, incluso las del próximo. Nosotros instalamos, ponemos y continuamos planeando otros proyectos. Entonces, un poco das a luz al pequeño proyecto, pero continúas. O sea, es agradable recibir los comentarios del público o las críticas también para mejorar la manera en que uno labora, pero no te detienes en un proyecto ya hecho, sino que continúas.

Es una labor compleja, obviamente requiere de cierta preparación académica, pero al mismo tiempo creo que un curador no se forja sino hasta que está practicando en un museo o en una galería. También hay diferentes tipos de curadores, los institucionales o lo que ya trabajan de manera independiente, que normalmente son los grandes rockstars, los nombres que uno ya va reconociendo más, que van haciendo dos o tres exposiciones al año para diferentes lugares. Es una labor muy interesante, compleja, que implica, pero creo que es muy fructífera porque lo que has pensado y soñado en los salones de clase, un día lo puedes ver y además no hay nada como tener el contacto con las piezas de arte día con día.

VR: ¿Qué te gustaría decirles a nuestros lectores?

CS: Que ojalá nos puedan visitar. Somos uno de los museos más concurridos del país y tenemos esta condición especial de que estamos en el corazón del Bosque de Chapultepec, así que es un lugar en el que no sólo vienes a visitar arte, sino que también puedes pasear con la pareja, la familia, o con quien vengas acompañado. Creo que es un sitio que, sin estar en el centro de la Ciudad de México, sí tiene una gran oportunidad para que la gente pueda aprovechar su fin de semana o relajarse al salir del trabajo. Así que los esperamos, ya sea que vengan a ver “Los retablos de la muerte” de Manuel Rodríguez Lozano o nuestras siguientes exposiciones. Aquí estaremos para poder platicar si así gustan.

Agradecemos infinitamente la atención de Carlos Segoviano por compartirnos tanto conocimiento y reflexiones sobre el arte de un artista no canónico. Dedicamos a ti esta entrevista.

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