Por Rocio Noblecilla © 

Mientras recogía los ceniceros que hacía un momento se habían saturado con mi nerviosismo, escuché el timbre de la puerta. Dejé los ceniceros sobre la mesa del comedor; iba a girar la perilla, cuando de pronto…

            —¡Maldición! ¡Sabía que brincaría! —Fui al baño y frente al espejo pude constatarlo, ahí estaba, otra vez, como siempre.

            Con los dedos me di masajes alrededor del ojo mientras respiraba profundo. Cuando parecía haber dejado de palpitar, retiré los dedos y miré nuevamente al espejo: el párpado seguía brincando, una y otra vez.

            El timbre volvió a sonar. Mojé mi cara con agua fría y presioné con fuerza mis ojos -pensando que a lo mejor eso lo calmaría-, pero el espejo lo delataba.

            El timbre, al igual que mi párpado, se manifestó impaciente. Abrí el botiquín y con dedos temblorosos tomé una hoja de afeitar; me puse frente al espejo y lo miré, fijamente…

            —¡Jamás te volveré a ver! —Y lo hice— ¡Me deshice del maldito!

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Semblanza:

Escritora, editora, tallerista y coach literaria ecuatoriana-mexicana, desde 1992 colabora en varias editoriales. Cuenta con estudios en periodismo y mercadotecnia, y con diplomados de Creación Literaria (SOGEM); Estudios Editoriales (FAD/UNAM); y Literatura Europea Contemporánea (INBA). Con su Agencia CODISE / Comunicación, Diseño y Editorial, realiza publicaciones y proyectos periodísticos, de comunicación, divulgación, publicitarios y literarios. Es escritora fantasma y voluntaria de corazón.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? Edgar Allan Poe.

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