Acorralados

Por Rocio Noblecilla

Me arrastro hasta uno de los muros: mi guarida, mi refugio. Asomo la cabeza hacia el exterior y veo la calle solitaria, como si todo se hubiera detenido en el tiempo. A lo lejos, apenas logro vislumbrar una masa que se aproxima hacia donde me encuentro. Poco a poco logro distinguirlos, son diez los que siguen a Camaleón. Todos caminan seguros, mirando hacia los lados, en busca de alguna víctima.

De pronto, la luz de un coche ilumina la calle. El grupo hace un alto; todos esperan, a la expectativa. El coche también se detiene, pero enseguida escucho la caja de cambios y el rugido del acelerador: el automóvil zigzaguea en reversa. Camaleón da un fuerte alarido en señal de ataque. Los del coche, presos del pánico, pierden el control y se estrellan contra un poste de luz; abren las puertas, son tres los que tratan de huir, pero es tarde, están acorralados. Miran alrededor, se quedan estáticos, la luz del coche les deja ver centenares de colmillos y fuertes mandíbulas sedientas de sangre.

Camaleón es el primero que se abalanza contra el cuello de la primera víctima, la tira al suelo, patalea. Los demás hacen lo mismo con el resto, clavando sus filosos dientes en cuello, cara y extremidades. Los gritos de auxilio y dolor hacen coro a los gruñidos de los agresores que muerden donde pueden; en cada embestida una carga de odio y resentimiento se arroja sobre sus víctimas.

Agazapado y lleno de espanto veo los trozos de carne brillante y roja rodar por el suelo, muy cerca de donde me encuentro. Es casi hipnótico el constante crujir de los huesos y hacerse eco en mis oídos. Ese olor a sangre fresca, al mismo tiempo que satura mis pulmones, me asquea. Un impulso me invita a tomarla; sin embargo, en mi mente algo se resiste, es una especie de terror que me doblega a la espera y me detiene.

El aullido de Camaleón me saca de esta batalla interna. Lo veo levantar su nariz y sus mandíbulas sangrantes, como si olfateara algo en el aire; siento que es el final. Detengo mi respiración, con el miedo de ser encontrado detrás del pedazo de muro que me esconde, con el latido de mi corazón como única señal de vida.

Lenta y amenazante, percibo a la eternidad hacerse presente en cada segundo. No hay pensamientos, tampoco recuerdos, sólo escucho unos gritos que no salieron de mi garganta. Los ojos de Camaleón se desvían hacia la otra esquina, hace un ademán con la cabeza y se coloca frente a sus seguidores; el grupo atraviesa la calle. Mi cuerpo respira.

Me quedo quieto ante esos cadáveres que me rodean. La manada se ha marchado. Detrás de ellos quedan despojos, incluida mi humanidad.

Entonces, me escurro entre los escombros, tal vez en busca de las sobras que sacien mi hambre y mi sed, o callen mi voz. Me detengo ante la carne… la sensación de vacío en mi estómago es superior a cualquier residuo de consciencia. Arrastrándome regreso a mi oscuridad, a ese silencio, para no ser escuchado, para no ser olfateado.

Ilustración: José Manuel Garduño

Semblanza de la autora:

Escritora, editora, tallerista y coach literaria ecuatoriana-mexicana, desde 1992 colabora en varias editoriales. Cuenta con estudios en periodismo (UCE) y mercadotecnia (UTE), y con diplomados de Creación Literaria (SOGEM); Estudios Editoriales (FAD/UNAM); y Literatura Europea Contemporánea (INBA). Con su Editorial CODISE realiza publicaciones y proyectos periodísticos, de comunicación, divulgación, publicitarios y literarios. Es escritora fantasma y voluntaria de corazón; asimismo, correctora, consejo editorial, asesora y redactora de QUIXE, Corazón de Cultura y Humanidades; y también colabora con otras revistas y antologías. 

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos?: Edgar Allan Poe.

 

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