Pornografía cerámica y visiones del mundo

Por Rubén Lombida

Fotografías: Citlali Rodríguez Venegas

Ilustraciones: Rubén Lombida01

Viajando con una amiga por la ciudad de Oaxaca, hicimos una breve estancia en uno de sus mercados: el Benito Juárez. Allí, luego de pasar varios locales donde ofrecen todo tipo de mercancías, llegamos a uno que vendía mezcales y cremas de mezcal, entre otros productos. Después de unos breves segundos fijando la mirada en los patrones vítreos y coloridos de las botellas de licor, nuestros ojos fueron atraídos por unas efigies humanas con explícita y erótica desnudez, con la función de contenedor etílico. Asombrados y divertidos, contemplábamos voluptuosas mujeres en pornográficas posturas junto a penes gigantescos de diversa índole, colgando en las columnas del local y agrupados en lo alto, encima de botellas convencionales. La vendedora nos permitió verlas y fotografiarlas, mientras ella misma sostenía las botellas. A medida que explorábamos las vasijas, se nos fueron revelando detalles expresivos de estos provocantes ceramios. Dos de las mujeres, de senos pronunciados y carnosos muslos abrían sus piernas para ocultar la vulva con su mano y señalar su tesoro más preciado: su ano taponado por un corcho, con la promesa del líquido embriagante. Una tercera mujer adornaba su también insinuante y fogosa desnudez con un sombrero negro en cuya copa se incrusta el corcho. De rodillas y con las manos en los muslos, elevaba sus nalgas prominentes, sus pezones puntiagudos y sus labios entreabiertos en franca espera de, podemos imaginar, una eyección seminal con destino en su boca o derramada en la piel de su brillante rostro cerámico.

Los enormes y vigorosos penes que acompañaban a las féminas confirman este hecho: todos están coronados y casi totalmente cubiertos por su propia eyaculación. Dos de ellos, que fungen como jarras, pertenecían a medios torsos con los abdominales pronunciados. Su erección brotaba abruptamente por el agujero de unas sexys tangas que solo cubrían los testículos. Otro falo gigantesco, esta vez una botella, se elevaba en un alarde de vasos eréctiles que evidenciaba su apogeo sanguíneo con una raigambre de venas. El corcho que sellaba la salida del embriagante no parecía impedir la de la capa seminal que lo cubría. Otra botella fálica, las más ingeniosa de todas, nos ofreció un espectáculo disonante: un piadoso y barbudo frailecillo que, uniendo las manos en devota oración, tenía por capucha un eyaculante glande.

De inmediato vinieron a mi mente imágenes similares a estas efigies eróticas de alta temperatura, a la que solo supera el calor en el horno durante su confección. Esta exuberancia erótica en forma de recipientes, cuyos orificios para beber coinciden con los de los genitales, son patrimonio de muchas culturas humanas. Sin embargo, a pesar de la abundancia de representaciones eróticas prehispánicas, vasijas así son nulas en el México donde hoy contemplo estas botellas y jarras, llegando a ser casi rareza en El Salvador, periferia de lo que se llama Mesoamérica. Es en tierras andinas, en especial dentro de la cultura moche del norte de Perú (siglos II–IV), donde los alfareros no escatimaron imaginación para plasmar el desnudo exudando sexualidad en pieles y cuerpos cerámicos.

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Pene de libación vía Art Institute Chicago

En efecto, las vasijas sexuales moches, llamadas comúnmente “huacos eróticos”, con asas características en estribo, están pobladas de falos exagerados, mujeres con sus orificios expuestos, e incluso curiosos hombres “faliformes” con apariencia de monjes encapuchados que, con formas de glandes cefálicos, juntan sus manos en actitud devota. Algunas, llamadas “penes de libación” también obligan a beber o verter el líquido desde la uretra. Todo parece coincidir en estos dos tipos de cerámicas, separadas en tiempo y espacio. Contemplarlas evoca sensaciones de excitación mental, humor irreverente y hasta rubor voyeurístico. Sin embargo, varias diferencias saltan a la luz.

08Las cerámicas del mercado oaxaqueño son muy fáciles de leer e interpretar. Todo apunta, a punta de falo eyaculante, al clímax esperado de cualquier representación pornográfica occidental contemporánea: la eyección orgásmica que un hombre dotado entrega oral y facialmente a la mujer voluptuosa y deseosa que lo provoca. Por otra parte, el humor patente en la exageración genital aumenta cuando la potencia fálica es la figura de un religioso, posiblemente católico, como emblema burlón del precario equilibrio entre la misión ascética y el impulso carnal; además, denuncia la hipocresía clerical y la indignantemente célebre incontinencia sexual de muchos sacerdotes cristianos, a quienes su incoherencia de credo los ha llevado a la violación y a la pedofilia. El hecho de que estas vasijas sean usadas para mezcal conjunta jocosamente la dimensión etílica con la erótica, siendo que el bebedor debe, en el caso de las botellas, hacer salir el líquido embriagante directamente de la abertura uretral masculina o del ano penetrado de la fogosa mujer. Curiosamente, su vagina es ocultada, ya sea por la mano de la chica o por censura directa en el material cerámico, donde ni una pequeña hendidura insinúa el genital femenino, como si se tratara de muñecas para niños. En cambio, el despilfarro seminal de los tersos miembros masculinos es el protagonista de la broma licorera: el bebedor puede sorber directamente de la botella fálica o servirse en una de las tazas con tangas y observar frente a su rostro la erección eyaculante que de ella brota a medida que empina el recipiente. Así, quien bebe mezcal también “bebe” el esperma de las botellas.

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Pene antropomorfo con manos unidas, Rubén Lombida, adaptado de Art Institute Chicago

En cambio, en las vasijas eróticas moche, nuestra lectura se entorpece y complejiza a cada paso. Lo que a primera vista parecen hombres presumiendo sus genitales con efusividad, se van revelando como un gesto fálico que insinúa otra clase de jactancia. La solemnidad de algunos rostros, incluso los que están riendo, le quitan “lo fácil” a la interpretación erótica. Esto se acentúa cuando observamos que muchos personajes que sostienen sus imposibles penes en alto son humanos esqueléticos, muertos vivos presumiendo su sexo. Cuando los falos aparecen solos, aun con venas hinchadas, comunican más majestuosidad que insinuación lujuriosa, como si la potencia sexual fuera, además, potencia de otra cosa. Los hombres moche “faliformes” se nos muestran como siniestros sacerdotes de una religión desconocida, o como ignotos personajes involucrados en alguna devoción críptica. Un detalle es bien notable: ni una gota de semen se escurre de estas cabezas ni de los otros glandes turgentes.

También los genitales femeninos distan mucho de las cerámicas mezcaleras. En las “vasijas de libación”, más que censurada, la abertura vaginal es tan exagerada como los falos, mostrándose como cavernas por donde saldría líquido vigorosamente. No solo el orificio vaginal es acrecentado, sino que clítoris suele evidenciarse entre unos inflamados labios. En algunos casos, la propia mujer es quien lo hace sonsacadoramente. En otros, la vagina es penetrada por uno de los extremos del estribo que conforma el asa, de tal manera que aparenta ser copulada más que censurada por el aditamento, el cual es apretado por la lujuriosa vulva. No obstante, al igual que en los penes moches, las desmesuras vaginales distan mucho de causarnos erotismo y humor directos, más allá del que la inmediatez genital y su exageración puedan suscitar. Hay aspectos de este arte milenario que nos distancian, no solo de una excitación mental de tipo erótico sino también de una comprensión de su mensaje último.

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Así, la apariencia y las expresiones de los personajes moche, a pesar de su genitalidad, presentan una rigidez y un fruncimiento ajenos a lo que entendemos por placer y distensión erótica. Las mismas figuras femeninas no presentan la voluptuosidad habitual de la pornografía occidental, la sensualidad de las curvas pronunciadas. Al contrario, estas mujeres cerámicas son masivas y rechonchas, casi redondas, sin mucha diferencia con sus contrapartes masculinas. De hecho, los artesanos peruanos contemporáneos que venden réplicas de estas piezas a los turistas, tienden a corregir este “defecto”, acentuando y refinando la caderas, cinturas y muslos de sus féminas cerámicas, a fin de hacerlas más atractivas para los cánones occidentales de erotismo y belleza femenina, visibles en las botellas del mercado oaxaqueño.

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Pene de libación, Rubén Lombida, adaptado de Art Institute Chicago

Varios investigadores de la cultura moche se han dedicado a desentrañar las peculiaridades y los sentidos del erotismo en su arte. Teniendo en cuenta los aspectos religiosos, sociopolíticos y cosmogónicos, muchos abordajes han orbitado alrededor de estas esculturas cerámicas. Para algunos, las representaciones fálicas implican una concepción de la virilidad masculina como potencia fertilizadora y fecundante, la cual se materializaría en la espuma viscosa que, imitando al semen, sería característica de las bebidas envasadas y dispensadas: la chicha -bebida fermentada y espesa similar al pulque-, el chocolate, o alguna otra. Incluso, si solo fueran recipientes para agua, la metáfora seminal seguiría operando. Una de las vasijas que representa un falo sin cuerpo, está en la cima de picos montañosos, hecho que se ha explicado como una metáfora de las aguas que se descongelan desde las alturas andinas, inseminando con su espuma en movimiento las tierras naturales y de cultivo, como un coito entre la montaña masculina y el suelo femenino a través de un “sexo hidráulico” (Bergh, 1993, pág. 83).

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Vasija con formas de pene y montaña, Rubén Lombida, adaptado de Art Institute Chicago

De este modo, el semen ausente en los falos moches, a diferencia de los que eyaculan en el mercado, mostraría un interés en preservar y canalizar este líquido fecundante, más que desperdiciarlo en apogeos eróticos. Las efigies de mujeres, por otra parte, serían una muestra del poder de lo femenino en la naturaleza y en los individuos para recibir este don viril y transmutarlo en alimentos y descendencia. Teniendo en cuenta que muchas de estas piezas suelen hallarse en excavaciones de entierros de dignatarios, esta relación del sexo con la muerte es para algunos investigadores un emblema de regeneración de lo muerto y los muertos, algo igualmente muy alejado de nuestras concepciones occidentales, en especial cuando el humano que ostenta su gran pene es un esquelético y descarnado ser muerto o moribundo, cuya vitalidad en transición está concentrada en su dilatado miembro.

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Mujer masturbando a un personaje esquelético, vía Wikimedia Commons

 

A fin de comparar estos dos grupos de cerámicas eróticas, las antiguas moches y las contemporáneas mexicanas, he eludido a propósito el hecho de que su intención podría ser el de poner a interactuar los polos genitales femeninos y masculinos mediante el coito directo, la cópula literal. Y es aquí donde se diferencian, más allá de lo contextual. Mientras los falos eyaculantes y las jugosas chicas del mercado solo nos insinúan una orgiástica situación, las vasijas moches se caracterizan por una plasmación explícita del coito, que no da espacio a la imaginación. Las imágenes de hombres con falos enormes, penes descorporalizados o antropomorfizados y de vasijas femeninas con vulvas gigantes, son minoría con respecto a las que representan el acto sexual entre hombre y mujer en mayor medida, y entre hombre y hombre en dos casos sobrevivientes (Wołoszyn, 2015). Abundan vasijas moche en las que mujeres soban, masturban y succionan los penes de hombres, esqueletos y seres mixtos. Todas las dimensiones de la existencia parecen conjuntarse en el coito, de modo que escenas de sexo entre humanos y animales, entre animales, y entre humanos y seres sobrenaturales en toda su variedad de representación “enfatiza la habilidad del contacto sexual para tender un puente entre el mundo humano y el sobrenatural, a menudo mediante la potencia y la fuerza fértil de la sexualidad masculina” (Scher, 2012, pág. 183). Otra investigadora de tradiciones de práctica sexual moche y otros pueblos andinos como la cultura recuay, ve que la placidez y el éxtasis sexual pueden estar imbricados en un uso político del sexo, afirmando que estas culturas:

[…] reconocen a la copulación (o el orgasmo) como un estado alterado de conciencia, una condición de conciencia elevada que, debido a su intensidad física, se designa apropiadamente como sagrada, fuera del tiempo y la percepción ordinarios. Si las sensaciones sexuales acrecentadas son definidas dentro de principios cosmológicos más amplios, pueden ser utilizadas para generar visiones, o pueden ser adecuadas para la revigorización o el re-adoctrinamiento ideológico (Gero, 2004, pág. 20).

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Escena de sexo anal, vía Art Institut Chicago

Un rasgo de estás cópulas cerámicas es la representación omnipresente del sexo anal como modalidad coital de preferencia, por encima de las poquísimas escenas de penetración vaginal. Así, en las vasijas se observan penes que se internan en el recto de mujeres y algunos hombres, cuyas respectivas vaginas y penes son claramente delineados para evidenciar la intención anal. Se podría afirmar que, en este sentido, la pornografía andina antigua no nos sería tan ajena, dado que el coito anal, ya sea hetero u homosexual, también es parte del programa pornográfico occidental actual, en el que igualmente quedarían fuera las connotaciones reproductivas y fertilizadoras de la cópula, priorizando las placenteras. Pero, una vez, más las diferencias de visiones del mundo evidencian nuestros prejuicios para comprender otras concepciones culturales.

La preferencia por lo anal en el arte pornográfico andino ha sido analizada conjuntando el simbolismo del falo con el del intestino, visto este último como un órgano de disolución, deterioro y muerte, algo así como la “tumba del cuerpo”. El falo, por su parte, siendo el órgano de la vitalidad, los orígenes y la continuidad, al introducirse en el intestino, estaría duplicando el proceso del entierro dentro de la tumba terrenal; y su semen, asociado al agua de irrigación, también entraría en esa tierra con una función renovadora, fertilizante y dadora de vida, en un proceso de siembra metafórica (Bergh, 1993, pág. 86). Desde este punto de vista, las escenas de sexo anal serían alegorías del ciclo de muerte y vida, de deterioro y regeneración, en las esferas humanas y agrícolas, dando como resultado una visión de la tierra y el intestino o la parte baja como tumba y útero, como el lugar donde el deterioro encuentra a la renovación y una nueva vida emerge (Bergh, 1993, págs. 86 – 88).

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Escena de sexo oral, vía Wikimedia Commons

A diferencia de las muchachas cerámicas del mercado oaxaqueño, quienes expresan deseo y deleite, los rostros de las mujeres en las vasijas moches muestran indiferencia, enojo, asco, e incluso resistencia ante el sexo oral, como expresando la inexistencia de placer sexual y enfatizando una dimensión ritual (Bourget, 2006, pág. 26). Desde una perspectiva de género, las vasijas eróticas moche estarían representando un ritual sexual que enfatiza relaciones de dominación y sumisión; y cuyo foco no sería la unión y el placer mutuo, sino una celebración del orgasmo masculino proporcionado por una segunda no-pareja, no-satisfecha, quien es una hembra sexuada (Gero, 2004, pág. 19):

En la cerámica moche las hembras nunca son mostradas recibiendo gratificación oral, y su participación a menudo parece ser forzada o comandada, Y mientras está abierto a la interpretación si las escenas de sexo anal representan “placer” para las hembras, puede argumentarse también que solo los machos son los beneficiarios primarios de la gratificación en esas prácticas (Gero, 2004, pág. 19).

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Escena de sexo oral, vía Wikimedia Commons

Otro elemento de la pornografía moche resulta paradójico: la presencia de infantes, durmientes o lactantes, emblemas de maternidad y paternidad, junto a las parejas involucradas en la vehemente cópula anal que, desde nuestra perspectiva, no podría haberlos engendrado. Aquí hay una diferencia radical de representación entre estas vasijas andinas y las del mercado oaxaqueño. Como reflexiona Mary Weismantel, en la pornografía occidental se evita relacionar la exhibición de lujuria erótica con fines reproductivos, maternidad, familia, parentesco o responsabilidad social, a fin de consolidar la fantasía de que “las prostitutas no son madres, ni las madres son prostitutas” (2004, pág. 498). En las vasijas moches, en cambio, la exhibición más gráfica de la lujuria sexual puede tener implicaciones reproductivas, incluso cuando tal coito se consideraría en occidente como no-reproductivo. Otro elemento disonante consiste en los humanos esqueléticos masturbándose o siendo masturbados por carnosas mujeres, o realizando el coito anal con ellas. Según Weismantel este aparente sinsentido solo se explica desde una perspectiva nativa de la sexualidad totalmente diferente de las concepciones occidentales:

022Al describir el sexo anal como reproductivo, la lactancia como acto sexual, y los muertos como actores sexuales, los artistas moche adoptaron estrategias visuales para… expandir el tiempo reproductivo y alterar la definición del acto de la reproducción. La aparición de múltiples actores y el despliegue de otros actos de cópula corporal además de la penetración vaginal, funcionan para desplazar el foco del observador del momento de la inseminación (el momento reproductivo clave en el pensamiento occidental) y así desplazar del centro de atención a la pareja heterosexual sexualmente activa” (Weismantel, 2004, pág. 504).

A diferencia de los ceramios eyaculantes oaxaqueños, a pesar de no representarse la eyección seminal en el erotismo moche, todo indica a una potencia fertilizadora que permea cuerpos y personajes implicados. Esto es también un contrasentido para nuestras percepciones habituales ya que, como apunta Weismantel:

La figura de los esqueletos masturbándose, así como la de la pareja teniendo sexo anal no es inmediatamente legible para nosotros como una representación de la fertilidad: en la historia euroamericana la masturbación es con frecuencia denigrada como un acto de despilfarro no reproductivo” (Weismantel, 2004, pág. 501).

Se han dado explicaciones curiosas para los humanos con gigantescos penes erectos en el arte moche. Una de ellas relaciona este hecho con hombres que han sido víctimas de magia amorosa, debido al consumo de una hierba que los convierte en “bestias sexuales”, incapaces de satisfacer su ansiosa lascivia, al punto de poder morir por inflamación excesiva del saco seminal (Dobkins de Rios, 1982, pág. 88). No obstante, la inquietante aparición de esqueletos con enormes penes erectos ha sido explicada con otro tipo de inflamación: la que se produciría ocasionalmente durante la descomposición del cadáver masculino. Este fenómeno, comúnmente llamado “erección post mórtem”, habría sido notado por los moches, tan implicados en ceremonias mortuorias y ritos sacrificiales. Un muerto con el pene erecto habría sido una prueba más de que la vida es algo que puede continuar después de lo que en occidente definimos como muerte (Bourget, 2006, págs. 124-125).

La complejidad del arte erótico moche ha demandado exploraciones y análisis globales de los investigadores sobre su cultura para comprender las relaciones cognitivas y simbólicas implicadas en esta peculiar visión de mundo. Así, el investigador Steve Bourguet sugiere y concluye que las escenas que no describen copulación vaginal -entre mujeres y hombres vivos, esqueletos, o víctimas sacrificiales- pudieran estar relacionadas con un concepto de inversión ritual, representando una idea de fertilidad inversa asociada a creencias sobre la muerte y el paso al más allá. Esta no significaría anti-fertilidad, sino que implicaría una noción global de la dualidad. Por otra parte, las pocas escenas con penetración vaginal -entre mujeres y seres sobrenaturales, animales o seres mixtos-, estarían asociadas no con la transición hacia la muerte sino con el más allá (Bourget, 2006, pág. 37).

Diversos abordajes sobre esta cerámica, que van desde considerarlas como expresiones de perversión hasta de libertad sexual, han fallado al no poder bajarlas a nuestras concepciones actuales. También las han interpretado como una especie de Kamasutra, como testimonios de didáctica sexual indígena, y hay quienes las han enarbolado como muestra de una homosexualidad normalizada en épocas antiguas, a diferencia de nuestra sociedad homofóbica actual. Todas estas visiones llegan a su límite frente a estas piezas por querer “leerlas como heteronormativas u homosexuales, benignas o sádicas, represivas o liberadoras, tal como entendemos esos términos hoy” (Weismantel, 2011, pág. 310). Esto confirma la naturaleza elusiva de estos objetos, descritos como “cosas obstinadas”:

Su potencial más radical es, no su habilidad para confirmar o justificar nuestras creencias, sin importar cuán liberadoras sean; sino más bien en su rotunda negación a hacerlo. Más que cualquier otra cosa, su obstinada insistencia en que no son lo que pensamos que son es lo que las hace dignas de ser escuchadas… Más que pasivos receptáculos de nuestras visiones de la vida sexual y social, nos hablan de cosas que no conocemos en un idioma que debemos luchar por comprender (Weismantel, 2011, pág. 311).

Como se ha podido ver, la tendencia inmediata de ver similares las cerámicas eróticas del mercado en Oaxaca y las moches se va desdibujando a medida que se complejiza el análisis. Después de ver todas las interpretaciones para desentrañar las cerámicas eróticas andinas, se constata lo difícil que es interpretarlas desde nuestra perspectiva occidental moderna.

Bibliografía

Bergh, S. E. (1993). Death and renewal in Moche phallic-spouted vessels. RES: Anthropology and Aesthetics(24), 78-94.

Bourget, S. (2006). Sex, Death & Sacrifice in Moche Religion & Visual Culture. Austin: University of Texas Press.

Dobkins de Rios, M. (1982). Plant Hallucinogens, Sexuality and Shamanism in the Ceramic Art of Ancient Peru. Journal of Psychoactive Drugs, 14(1-1), 81-90. doi:10.1080/02791072.1982.10471915

Gero, J. M. (2004). Sex Pots of Ancient Peru: Post-Gender Reflections. In N. A. Terje Oestigaard (Ed.), Combining the Past and the Present. Archaeological perspectives on society (pp. 3 – 22). Oxford, England: Archaeopress.

Scher, S. (2012). Markers of Masculinity: Phallic Representation in Moche Art. Bulletin de l’Institut français d’études andines, vol. 41, pp. 169-196.

Weismantel, M. (2004, Sep). Moche Sex Pots: Reproduction and Temporality in Ancient South America. American Anthropologist, 106(No. 3) 495-505. Retrieved 11 2019, from http://www.jstor.org/stable/3567614

Weismantel, M. (2011, Sep). Obstinate Things. In B. L. Voss, The Archaeology of Colonialism: Intimate Encounters and Sexual Effects (Vol. Vol. 106, pp. 303-320). Cambridge: Cambridge University Press. Retrieved from http://www.jstor.org/stable/3567614

Wołoszyn, J. Z. (2015). Sodomites, Siamese Twins, and Scholars: Same-Sex. American Anthropologist, 285-301.

Semblanza: Rubén Armando Lombida Balmaseda es maestro en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México. En investigación, el autor se ha especializado en el estudio del arte del Caribe, así como del primitivismo artístico. Fue fundador del Grupo de Estudios Culturales Nuestra América. Coordinó el evento Tejido de Memoria Aborigen en gira por La Habana y otras provincias de Cuba. Colaboró en redacción y transmisión de programas de radio de divulgación científica en la Emisora Cubana Radio Arte.

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